Hay algo en el tenis que lo hace distinto a cualquier otro deporte. No sé si sea el silencio entre punto y punto, ese espacio donde solo escuchas tu propia respiración y el eco de una pelota que nunca termina de decidir a dónde quiere ir. O tal vez sea la manera en que una tormenta puede cambiar el destino de un partido, de un torneo, de una temporada entera.
Este año, la temporada de lluvias fue una de esas tormentas. No de las que te mojan y ya, sino de las que te obligan a preguntarte si realmente vale la pena seguir esperando. Semanas enteras viendo el cielo, consultando el pronóstico como si fuera un oráculo, agarrando la raqueta y guardándola sin haber pegado un solo golpe. Hubo fines de semana donde el único juego completo fue el de la paciencia.
Y entonces, después de todo eso, llega el Torneo Viva México.
No es un torneo cualquiera. Es el que inaugura la segunda temporada del calendario de la ATJ, el que nos recuerda que, después de todo, el tenis siempre vuelve. Como esos viejos amigos que aparecen cuando más los necesitas, sin hacer ruido, solo con la certeza de que van a estar ahí.
En Atlas Chapalita, las canchas están listas. La red, tensa. Los jugadores, con esa mezcla de nervios y emoción que solo se siente cuando sabes que después de meses de espera, por fin vas a poder hacer lo que más te gusta. No importa si perdiste el ritmo, si las piernas no responden como antes o si la lluvia te borró entrenamientos enteros. Lo que importa es que estás aquí.
Este torneo no es solo una competencia. Es el punto de reencuentro de una comunidad que, a pesar de las adversidades climáticas y los meses de incertidumbre, sigue firme. Porque en el tenis, como en la vida, hay temporadas donde todo parece detenerse. Pero el juego, el verdadero, siempre encuentra la manera de continuar.
El Viva México no solo da inicio a la segunda parte del circuito. Es el recordatorio de que, aunque el cielo se haya cerrado sobre nosotros, las canchas siguen ahí, esperando. Y nosotros, con ellas.