Hay una verdad incómoda en el tenis mexicano: amamos a los campeones, pero casi no miramos a quienes los construyen.

Un entrenador certificado no es solo alguien con un papel. Es un tipo que un martes a las 7 de la mañana corrige el pie de apoyo de una niña de 9 años, sabiendo que ese gesto tal vez dé frutos dentro de cinco temporadas. Eso es fe. Eso es oficio.

Cuando un entrenador decide certificarse —como el Nivel 1 que llega del 14 al 24 de mayo en Santa Anita Club de Golf— no está “haciendo un curso”. Está diciendo: me tomo en serio esto. Y no por ego, sino porque sus alumnos merecen a alguien que sepa más que ellos.

El impacto inmediato es técnico: mejor lectura de la iniciación, mejor manejo de la transición, menos vicios de movimiento. Pero el impacto real, el que no se ve en el marcador, es otro: un entrenador certificado contagia seguridad. Sus jugadores confían más, arriesgan más, fallan mejor.

A largo plazo, la certificación ITF no es un lujo: es la diferencia entre un tipo que entrena porque le sobra tiempo y un profesional que entiende que su trabajo es el primer filtro del talento nacional.

Porque al final, un gran jugador es el reflejo de un gran entrenador. Pero un gran entrenador… es el reflejo de haber decidido, un día cualquiera, formarse.

Y esa decisión, amigo entrenador, sí que vale la pena.

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