Uno cree que la suerte existe. Y luego ve a Domingo Fuenzalida.
Porque cualquiera que no haya sudado una camiseta jamás entenderá por qué un tipo de 45 años pasa horas en un gimnasio, o madruga para correr cuando afuera hace frío, o se pierde una comida familiar para meterse a una cancha de arcilla. Cualquiera diría: “Qué suertudo, ganó el torneo”.
Pero la suerte, como bien sabemos los que hemos visto pelotas de tenis rebotar en las líneas una y otra vez hasta el mareo, no es más que la vitrina. Lo bonito que se exhibe después de que nadie vio el desastre del taller.
Domingo Fuenzalida acaba de coronarse CAMPEÓN en la categoría +45 del MT 400 Héctor Ortiz, celebrado en el Club de Golf Santa Anita. El marcador final en singles: 6/3, 6/4 contra Jorge Gutiérrez. Un resultado que parece sencillo. No lo fue.
Y esto fue solo la cereza. Porque Domingo también fue FINALISTA en dobles junto a su alumno, el Doctor Daniel Jauregui. Se enfrentaron a Estefano Mesina y Jorge Gutiérrez. Y aunque perdieron, dieron pelea. Porque eso hacen los que enseñan: dan la cara, aunque el marcador no siempre acompañe.
Pero el contexto, amigos, es casi más importante que el resultado.
Porque este torneo se jugó el Día de las Madres. Y Domingo quería algo muy claro: llevar a su mamá, a su papá y a sus alumnos a que lo vieran jugar. No era solo ganar. Era que los suyos estuvieran ahí. Que vieran por qué se madruga, por qué se sufre, por qué se sigue.
“Estuve visualizando el triunfo en la Cancha 1 muchos días antes”, me cuenta. Y no es posesión. Es fe. Esa cosa rara que tienen los deportistas de creer en lo que aún no pasó como si ya hubiera pasado. Se preparó muy bien para el torneo. Y fue muy bonito poder hacerlo así como lo trabajó.
Lleva dos torneos jugados del tour: un 700 y este 400. Un finalista y un campeón. “Es muy motivante”, dice. Y lo es. Pero más motivante es lo que pasa después, cuando vuelve a su otra vida, la de coach. Porque Domingo entrena a otros. Y esto, siempre, lo ayuda a ser mejor entrenador. Entiende el dolor, la presión, la alegría. No la adivina. La vive.
Ahora, lo más bonito de esta historia, es que Domingo no hizo todo esto solo. O quizás sí, pero con una compañía muy especial. Su hijo Karol regresa a la cancha. Y el tenis, ese deporte raro que a veces parece un espejo de la vida, le devolvió a Domingo un motivo: entrenar junto a su hijo. Compartir el esfuerzo. Sudar la misma camiseta, aunque sea en distintas categorías.
El Doctor Daniel Jauregui ha sido muy importante en su preparación. Junto con Karol. Un equipo de tres generaciones: el médico que cuida el cuerpo, el hijo que cuida el alma, y Domingo que solo quiere seguir pegándole a esa maldita pelota amarilla.
Ese fue el impulso extra. El que no aparece en las estadísticas. El que no se mide con cronómetro ni se corrige con un coach. Es un golpe de revés que duele menos porque al fondo alguien te mira y aprendió a querer el deporte de tanto verte quererlo.
Los partidos largos, esos que parecen interminables, los que uno siente que va perdiendo aunque el marcador diga otra cosa… Domingo los disfrutó. Porque aprender a sufrir en la cancha, cuando se tiene a quien abrazar después y a quien mostrarle el trofeo, no es sufrimiento. Es inversión.
Así que felicidades, Domingo. El campeonato es hermoso. Pero jugar frente a tus papás el Día de las Madres, tener a tu hijo entrenando contigo y ver a tus alumnos crecer… eso, amigo, es el verdadero trofeo. 🏆🎾
El tenis no es un deporte de suerte. Es un deporte de gente que entiende que la gloria se construye un martes por la mañana, sin público, con solo una pelota que no deja de botar.